¡Vestirse de charro es vestirse de México!…
13 de Septiembre del 2011Por: Alberto Buitre / Fotos: Luis Pérez
Descubre lo que nos dice Don Jaime Castruita, charro de tradición y padre de una de las familias charras más importantes en el país.
Porta con orgullo su traje de gala hecho de lana y gamuza con corbata de rebozo, se sirve uno de sus tequilas más finos y asegura: “Todos tenemos un charro dentro. Lo que pasa es que nos da miedo sacarlo”.
“Y desde fuera puede parecer un ambiente complicado (el de la charrería), hosco, pero no es así. Nosotros queremos demostrar que esto es de todos los que somos mexicanos y tenemos el compromiso de compartirlo, para que la gente se sume a un reconocimiento de lo que representa México”.
La familia de México
Ellos mismos lo relatan. Primero Don Jaime, poseedor de una colección de 46 trajes de charro, con los cuales se viste dos o tres veces por semana, hasta para viajar en avión.
“Tener una familia charra es una oportunidad de conservar los valores, principios y tradiciones de la familia de México. No ha sido fácil. Es una oportunidad que me dio la vida de disfrutar las tradiciones de un México que quiero, de un México en el que creo y de un México que durante mucho tiempo me ha permitido salir adelante”.
La charrería para unir a la familia
Doña Doris tiene una mirada afable, a sabiendas de una gran fuerza de mando. Sus hijos no necesitan escucharla para obedecer sus órdenes, bastan sus ojos para dictar la disciplina de la casa. Una charra que lleva las riendas bien sujetas.
"Ser el pilar de una familia dedicada a la charrería es una responsabilidad y una gran satisfacción. El haber pertenecido a una familia charra y ahora formar mi propia familia y ellos hayan aceptado involucrarse. No es imposición, no es que tengan que hacerlo a fuerza, seguirnos y practicarlo; supimos inculcárselas y le agarraron el gusto".
Charrería, familia y amigos
Jaime es el mayor. “James”, le dicen sus amigos. Es licenciado en mercadotecnia y ya cursa un posgrado. Su meta es extender el valor de la charrería como producto cultural de un México que tiene olvidado a su llamado Deporte Nacional.
El gusto - no podía ser de otra forma-, le viene de familia y trata de llevarlo a cada aspecto de su vida:
Ya con amigos y en redes sociales, sus recuerdos están llenos de charrería. Es el capitán de su propio equipo y el primer responsable de conservar la tradición entre sus hermanos.
Como con Melissa, su hermana menor. Ella aún cursa la universidad y sin el traje de adelita luce como cualquier muchacha de su edad. Quizá nunca alguien se imaginaría que los fines de semana, ahí va montada en su yegua o caballo haciendo suertes charras con su equio de escaramuzas. Galopando, con el moño y el sombrero bien sujetos.
Del mismo modo Oscar, el menor. La sala de su casa está llena de los videojuegos que disfruta. Sin embargo, su ser charro va con él a donde quiera que va. Asi en la prepa, donde sus amigos hasta quieren montar y se jinete como él. Pero algo le preocupa. Se dice que para ser charro hay que ser “mujeriego, borracho y jugador”. El más pequeño de los Castruita Castillo, piensa que no debe ser así.
Escaramuzas, emoción y color
Doña Doris y Melissa, escaramuzas, charras, forman parte de un equipo donde las mujeres cada vez participan más en la charrería; y si bien no se les permite oficialmente realizar las suertes como cualquier charro, en la intimidad de su propio lienzo, se demuestra que entre charros y charras, sólo hay una letra de diferencia.
Las mujeres dentro de la fiesta charra participan mediante ejercicios a caballo o yegua realizados a galope por un grupo de ocho integrantes. Van vestidas de charras o de adelitas. Se montan diferente a los hombres. Ellas van al “estilo mujeriega” sobre una albarda (nombre que lleva su silla de montar) con la derecha pierna cruzada, demostrando en todo momento su belleza y valentía.
Las fiestas patrias son especiales si se viven como Charro
Para Don Jaime Castruita, las fiestas patrias son especiales cuando se vive como charro. “Vestirse de charro es vestirse de México”, siempre es su frase a retocar y no tiene empacho en reafirmarla cada vez que puede. Porta su traje con orgullo y atiende cada aspecto de su vida bajo el sombrero de ala ancha, aunque no lo lleve puesto. Por eso, dar el grito es, en sus palabras, sacar el charro que todos llevamos dentro.
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“Y desde fuera puede parecer un ambiente complicado (el de la charrería), hosco, pero no es así. Nosotros queremos demostrar que esto es de todos los que somos mexicanos y tenemos el compromiso de compartirlo, para que la gente se sume a un reconocimiento de lo que representa México”.
La familia de México
Ellos mismos lo relatan. Primero Don Jaime, poseedor de una colección de 46 trajes de charro, con los cuales se viste dos o tres veces por semana, hasta para viajar en avión.
“Tener una familia charra es una oportunidad de conservar los valores, principios y tradiciones de la familia de México. No ha sido fácil. Es una oportunidad que me dio la vida de disfrutar las tradiciones de un México que quiero, de un México en el que creo y de un México que durante mucho tiempo me ha permitido salir adelante”.
La charrería para unir a la familia
Doña Doris tiene una mirada afable, a sabiendas de una gran fuerza de mando. Sus hijos no necesitan escucharla para obedecer sus órdenes, bastan sus ojos para dictar la disciplina de la casa. Una charra que lleva las riendas bien sujetas.
"Ser el pilar de una familia dedicada a la charrería es una responsabilidad y una gran satisfacción. El haber pertenecido a una familia charra y ahora formar mi propia familia y ellos hayan aceptado involucrarse. No es imposición, no es que tengan que hacerlo a fuerza, seguirnos y practicarlo; supimos inculcárselas y le agarraron el gusto".
Charrería, familia y amigos
Jaime es el mayor. “James”, le dicen sus amigos. Es licenciado en mercadotecnia y ya cursa un posgrado. Su meta es extender el valor de la charrería como producto cultural de un México que tiene olvidado a su llamado Deporte Nacional.
El gusto - no podía ser de otra forma-, le viene de familia y trata de llevarlo a cada aspecto de su vida:
Ya con amigos y en redes sociales, sus recuerdos están llenos de charrería. Es el capitán de su propio equipo y el primer responsable de conservar la tradición entre sus hermanos.
Como con Melissa, su hermana menor. Ella aún cursa la universidad y sin el traje de adelita luce como cualquier muchacha de su edad. Quizá nunca alguien se imaginaría que los fines de semana, ahí va montada en su yegua o caballo haciendo suertes charras con su equio de escaramuzas. Galopando, con el moño y el sombrero bien sujetos.
Del mismo modo Oscar, el menor. La sala de su casa está llena de los videojuegos que disfruta. Sin embargo, su ser charro va con él a donde quiera que va. Asi en la prepa, donde sus amigos hasta quieren montar y se jinete como él. Pero algo le preocupa. Se dice que para ser charro hay que ser “mujeriego, borracho y jugador”. El más pequeño de los Castruita Castillo, piensa que no debe ser así.
Escaramuzas, emoción y color
Doña Doris y Melissa, escaramuzas, charras, forman parte de un equipo donde las mujeres cada vez participan más en la charrería; y si bien no se les permite oficialmente realizar las suertes como cualquier charro, en la intimidad de su propio lienzo, se demuestra que entre charros y charras, sólo hay una letra de diferencia.
Las mujeres dentro de la fiesta charra participan mediante ejercicios a caballo o yegua realizados a galope por un grupo de ocho integrantes. Van vestidas de charras o de adelitas. Se montan diferente a los hombres. Ellas van al “estilo mujeriega” sobre una albarda (nombre que lleva su silla de montar) con la derecha pierna cruzada, demostrando en todo momento su belleza y valentía.
Las fiestas patrias son especiales si se viven como Charro
Para Don Jaime Castruita, las fiestas patrias son especiales cuando se vive como charro. “Vestirse de charro es vestirse de México”, siempre es su frase a retocar y no tiene empacho en reafirmarla cada vez que puede. Porta su traje con orgullo y atiende cada aspecto de su vida bajo el sombrero de ala ancha, aunque no lo lleve puesto. Por eso, dar el grito es, en sus palabras, sacar el charro que todos llevamos dentro.
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