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Es media tarde en Xochimilco. Peldaño a peldaño, Gustavo se eleva en la estructura de 20 metros. Tal como un mortal más, desafiando a la gravedad y la muerte, el danzante alcanza la cima donde habrá de tomar parte en el ritual indígena.


 No es el primero, mucho menos el último en hacerlo, pero su danza es especial puesto que sólo tiene 10 años de edad y estudió en una singular escuela especial para voladores en su tierra: Papantla, Veracruz.

"La clave es no tener miedo"
La Danza de los Voladores es una tradición milenaria que se remonta a la época prehispánica y que actualmente es asociada con la ciudad de Papantla, en Veracruz.

-Gustavo, ¿tienes miedo al subir a danzar?
“No, nada. Me gusta mucho subir”.
“La clave es no tener miedo”, añade don Ismael.



Y dice su padre: “el miedo paraliza, afecta la concentración y hace dudar. Titubeas por un instante y en cualquier segundo un paso en falso te arroja al abismo".

Gustavo, a su corta edad, lo sabe muy bien, puesto que se ha preparado en la escuela de la Unión de Danzantes y Voladores de Papantla.



-¿Desde hace cuánto tiempo entrenas para danzar en el ritual?
“Tengo dos años en la escuela de voladores, allá en Veracruz”.

-¿Qué es lo que enseñan ahí?

“Se imparte la teoría y práctica de este arte que nos heredaron nuestros antepasados. Desde el significado del ritual, cómo bailar y amarrarse, hasta las melodías que acompañan el vuelo”.

"Las 52 vueltas representan las semanas del año"

Cada danzante se sujeta de la cintura y se deja caer; en el descenso da 13 vueltas, que multiplicadas por cada uno suman 52, que representan las semanas del calendario anual o los 52 años necesarios para un fuego nuevo del ciclo solar totonaca.


-Si yo quisiera volar, ¿cuánto tiempo necesito entrenar?
“Eso varía mucho. Algunas personas, las más hábiles, consiguen hacerlo después de ocho meses; otros tardan más de un año y algunos nunca lo logran”.

Gustavo no es un chico ordinario. Su dedicación, trabajo y motivación lo llevaron a dar su primer vuelo hace un año, aquí mismo, en el embarcadero Nativitas de Xochimilco, el 2 de julio de 2010.

Incluso su padre confiesa haber volado hasta los 14 años, lo cual representa un mayor reto para Gustavo, pues su iniciación fue a una edad más temprana.

“Afortunadamente, mi hijo sabe lo que hace y eso me ayuda a no desconcentrarme mientras estamos allá arriba”, expresa con alivio Ismael.



Regresó a su pueblo para continuar sus estudios

Sin embargo, por ahora a el pequeño Gustavo le cortarán las alas. Dejará de volar, pues regresó a Papantla, para continuar sus estudios, concluir la primaria y prepararse para su ingreso a la escuela secundaria.

-¿A usted qué le gustaría que estudiara su hijo?
“Me encantaría que fuera abogado”.

“Pero yo quiero volar, papá”, nos interrumpe Gustavo.

“Lo sé, hijo, pero este oficio es muy arriesgado y la paga es poca. Es mejor que termines con una formación universitaria, para asegurarte un mejor futuro. Y de mí dependerá que no abandones tus estudios, tenlo por seguro”, le dice Ismael. 


 Con un dejo de tristeza en la voz, Gustavo asimila la realidad con un seco: “sí, papá”, aún cuando esto implica aceptar el hecho de no volar por lo menos durante un año... “Pero no importa, hijo, todo llegará a su tiempo”, concluyó el orgulloso hombre.

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CMM

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