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El taller y la sala de masajes para perritos enfermos se ubican dentro del espacio que únicamente debería de ocupar el patio de la casa. Sin embargo, la microempresa que ha formado el veterinario Javier Herrera y su familia, les ha quitado espacio, pero les ha dado la gran satisfacción de poder ayudar a cientos de perritos que por algún accidente o enfermedad, han ido perdiendo la capacidad de caminar. Con sus sillas de ruedas y carritos para caninos en desgracia, esta familia se gana la vida fabricando un producto único en México y con fuerte demanda en el extranjero.
 
 España está a la vanguardia en este tipo de sillas
 
“Fabricamos varios prototipos de sillas. Me di a la tarea de visitar varias facultades de veterinaria de todo el país, fui a muchas bibliotecas y lamentablemente no encontré información. Al no conseguir nada opté por el Internet y fue donde encontré información de otros países que me fue muy útil, sobre todo de España. Allá hay una organización que se llama Carro Can, de ahí nosotros tomamos el nombre 
de Car-Can, en agradecimiento a ellos. En los inicios los contacté y nos dieron los principios de cómo hacer mejores sillas, aprendimos bien y ahora lo que fabricamos es nuestro propio”.
 
Ya son 5 años los que lleva el doctor fabricando estas sillas, que están hechas con tubular metálico ligero y lona, que es la que sostiene el peso del perro… y finalmente llantas que sean lo más ligeras posible.
 
 
La mayoría de los animales que nos llegan han sido mordidos por otro perro, atropellados, o que se caen de las azoteas. Hay algunos que vienen lesionados por genética, como el pastor alemán, que padece displasia de cadera, enfermedad que le desgasta los huesos de esa zona y poco a poco va dejando de caminar”.
 
Los precios son muy accesibles…
 
Para que mayor número de personas tengan acceso a este producto único en México, el doctor Herrera los pone a la venta y van de los 700 hasta los mil 500 pesos. Al ver a uno de los perritos que llegan arrastrándose caminar de lo más normal con su silla de ruedas es el mejor pago que obtiene este médico, que ha involucrado a sus dos hijas y a su esposa en esta aventura.
 
“Mi hija pequeña, Jazmín pinta el tubular, mi esposa Fidelia cose todo lo que va hecho con lona y mi hija Adriana, la mayor, y yo armamos todo y le damos su toque final. Ellas siempre vieron el cariño con el que yo trataba a mis pacientes, les gustó”.



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