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Xochimilco

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Todo comenzó hace más de 60 años cuando don Julián Santana, fundador de “la Isla de las Muñecas”, era víctima de constantes sustos por parte del espíritu de una joven que murió ahogada frente a su chinampa (área de cultivo), donde llevaba una vida de ermitaño, sembrando y cosechando maíz y flores.

Para contrarrestar el incesante penar de la joven, decidió recolectar muñecas tiradas en los cientos de canales de Xochimilco o en la basura de los barrios aledaños, para colgarlas en los árboles que rodean su choza y así “espantar al espanto”.

A medida que nos acercamos navegando sobre el canal de Apatlaco, el ambiente se vuelve denso, la lluvia comienza a caer con más fuerza nublando la visibilidad, como si la Isla de las Muñecas advirtiera nuestra llegada.

Estando a tan sólo 20 metros de distancia de nuestro destino, de un trayecto de hora y media desde el embarcadero San Cristóbal en Xochimilco, por fin se logran divisar las cabezas empaladas y cuerpos mutilados de las muñecas que en su momento fueron cómplices de juego de cientos de niñas y que ahora son guardianas de la isla.

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Desde una de las tres chozas que forman parte de la leyenda, sale a recibirnos a paso cansado Anastasio Santana Velasco, sobrino del fundador y heredero del legado que durante muchos años ha conquistado la atención de miles de personas en todo el mundo, que viajan sólo para visitar, pedirle un favor o agradecerle a La Moneca, la muñeca favorita de don Julián.

Comparte el interior de la choza principal con cientos de muñecas consumidas por el tiempo, de porcelana o trapo. Desde ese punto, platicamos con Anastasio, quien refleja nerviosismo y misterio.

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-¿Por qué La Moneca era su favorita?


“La encontró tirada en el canal, un 28 de agosto, día de San Agustín, por eso se llama Agustinita, nomás que mi tío le decía de cariño La Moneca; desde que la encontró la quiso más que a las demás, incluso, es la única que tiene nombre, porque decía que era milagrosa, pues concedía favores y ahuyentaba las malas vibras. Por eso tiene en su altar moneditas, pulseritas y otras cosas. La gente le pide que le vaya bien en su trabajo, en la escuela, con la familia y le dejan algo en recompensa”.

-¿A usted le ha concedido algún favor?

“Sí, varios. Siempre le pido que tenga salud y para echar un taquito, y no me lo va a creer, joven, pero a mis 54 años nunca he tenido necesidad de ir a ver al doctor, y aunque sea poquito, pero siempre tengo algo para comer y es más que suficiente”.

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