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Alicia Juárez nos cuenta ‘el infierno’ que vivió por golpes de José Alfredo Jiménez

26 de Noviembre del 2016 por MAURO GODOY / Foto: RODOLFO BOUQUET

“Hubo muchos golpes y ofensas, pero al amor pudo más y me quedé con él hasta el final”.

A 47 años del fallecimiento de José Alfredo Jiménez, su viuda, Alicia Juárez, de 65, lanzará un texto donde contará su historia de amor al lado del compositor, la cual duró siete años; sin embargo, no todo fue color de rosa, debido a la violencia doméstica que vivió en dicha relación. 

Platicamos con la cantante de música ranchera, y esto nos dijo: 


-¿Su relación cuánto duró?

“Los últimos siete años de su vida fueron míos. Desde el momento en que él se hizo mi padrino artístico, en 1966, en Estados Unidos, ya no me soltó; yo tenía 17 años. Después fui su mujer y estuvimos juntos hasta su último instante”.


-¿Cuándo se casaron?

“En 1970, pero ya vivíamos juntos desde 1968”.

-¿Cómo fue su vida a su lado?

“Era una relación con altas y bajas, mucha violencia, maltrato hacia mí, pero el amor fue mucho más fuerte y lo que me detuvo para quedarme.

-¿Por qué era tan agresivo?

“No hay explicación. En mi caso, fue un abusador, y no dudo ni tantito que en sus anteriores relaciones también lo haya sido, porque eso no cambia si no se busca ayuda; sólo se quita con tratamiento psicológico”.


-¿Cuándo fue la primera vez que le levantó la mano?

“Al año y medio de novios, y estando en su juicio. Todavía no vivíamos juntos y me había puesto un departamento; llevaba seis meses habitando en la Ciudad de México (antes lo hacía en California, Estados Unidos), y mi hermana Amanda vino a visitarme. Nos fuimos al cine, luego a cenar hamburguesas, y finalmente nos regresamos caminando a la casa. Ya era tarde y José Alfredo me estaba buscando, porque había llegado de una gira, y como no estaba en el departamento, cuando me vio en la calle no sé qué pensaría, pero no me dio chance de explicarle y me dio una bofetada. Me sacó de onda, porque ni mis padres me pegaban, y no estaba acostumbrada a eso”.

-¿Usted qué hizo?

“Corrí por la avenida Reforma. Me senté en la banqueta, y en eso llegó y me dijo: ‘escuincla, perdóname’. No había justificación a su golpe, y se lo pasé; lo vi tan arrepentido y tan mal, que pensé que no se repetiría”.
-¿Qué desataba sus problemas?

“Sus borracheras; cuando él tomaba se ponía muy loco y agresivo. Las broncas no eran por otras mujeres, y le seguí muy bien el jueguito de la violencia doméstica. Es un círculo que empieza con la luna de miel; estás enamorada y feliz, luego viene la tensión. Cuando veía que empezaba a tomar, ya sabía hasta qué punto no podía decir nada o contrariarlo, porque se enojaba. Cuando estallaba venían los golpes e insultos, y luego regresaba la luna de miel, porque se arrepentía”.

-¿Cómo lo hacía?

“Se arrodillaba para que lo perdonara, me abrazaba las piernas, lloraba y me decía: ‘escuincla, es que no sé por qué hago eso, te juro que no lo vuelvo a hacer’, y siempre terminaba consolándolo. Así de enfermas son estas relaciones, porque una como víctima termina tranquilizándolos a ellos de lo mal que se sienten”.

-¿Por qué aguantó?

“Porque lo amaba. El matrimonio en aquel tiempo no era como ahora, que dicen: ‘está enfermo, entonces ya me voy a buscar a uno sano’, no es así, el matrimonio era hasta que la muerte nos separe, y así fue”.

-¿Qué consejo le daría a las mujeres que están viviendo violencia doméstica?

“Busquen apoyo, ahora hay muchos grupos de ayuda. En mis tiempos no, y la gente decía: ‘son cosas de casados y no hay que meterse’. Tampoco digo que dejen a su marido. Fui consejera siete años en una agencia, y me capacité. También hay mujeres así, nada más que los hombres se callan. Nosotras somos peores, porque agarramos lo que encontramos a la mano, y puede ser más peligroso”, finalizó.